
LOS REYES MAGOS
Tomado de “Fisonomía de Santos”,
de Ernest Hello
de Ernest Hello
Los siglos habían pasado sobre las llamas de Isaías sin extinguirlas. El clamor del profeta resonaba todavía, al menos en el corazón de la Virgen. La muda y vaga esperanza del género humano se precisó, se localizó, en tres Reyes de Oriente.
Los principales personajes de Oriente eran los Magos. Es menester no engañarse con el nombre suponiendo que al decir magos se quería significar hombres dedicados a la magia. No; eran sabios, eran reyes; en Oriente los sabios eran reyes. En la antigüedad remota, la más alta ciencia, tal como el Oriente la concibió, llevaba cetro y corona.
Eran astrónomos, y fueron avisados por una estrella. Una ley existe en virtud de la cual los elegidos lo son según su naturaleza, y son llamados según su carácter. Cada visión, cada aparición, cada palabra divina interior o exterior toma, en cierto modo, la semejanza de aquel que debe verla u oírla; se proporciona y determina según el nombre que en el mundo invisible lleva el escogido para contemplarla.
Por esto los reyes de Oriente, los reyes sabios, los depositarios de las antiguas tradiciones relativas a Balaam, los reyes astrónomos, los reyes ocupados en las cosas del cielo, los reyes que habían sentido el eco misterioso de la antigua tradición murmurar en sus oídos : "Orietur stella", "se levantará una estrella", los reyes elegidos y consagrados que representaban en sí solos, tres como eran, la vocación de los pueblos, fueron llamados por una voz digna de su grandeza: fueron llamados por una estrella.
Melchor representaba la raza de Sem; Gaspar, la raza de Cam; Baltasar, la raza de Jafet. He aquí a Cam reconciliado; y la Cananea verá el rostro de Aquel a quien la estrella anuncia, y triunfará de él por una plegaria.
No creo que nunca la pintura haya representado esa escena con la grandeza que le corresponde. El Diluvio había concluido, las aguas se habían retirado; las tres ramas de la familia humana estaban alrededor de Noé en las personas de sus fundadores. Noé les separa; Noé bendice y maldice. El poder secular de su bendición y de su maldición divide la raza humana; aquel poder dobla la cerviz de Cam bajo el yugo de Sem y de Jafet.
Ante el pesebre de Belén, junto a Jesucristo, de quién Noé fue figura, las tres ramas se unen de nuevo. Gaspar, hijo de Cam, acompaña a Melchor, hijo de Sem, y a Baltasar, hijo de Jafet. Sobre Gaspar no pesa ya inferioridad conocida; se le da lugar igual al de sus compañeros. Las naciones están allí presentes en la persona de aquellos que las representan; ninguna de ellas puede ser envidiada de las demás; todas son llamadas por la misma estrella. La misma atracción, igualmente celestial para todas, igualmente majestuosas, las reúne y las inclina en una misma adoración.
Las tres ramas de la familia humana han oído resonar con igual claridad en sus oídos los ecos del Salmo: "Los reyes de Tarsis y de las islas ofrecerán sus presentes. Los reyes de Arabia y de Sabá llevarán sus dones. Todos los reyes de la tierra lo adorarán, y todas las naciones le servirán".
¿De dónde venían? No se sabe a punto fijo; pero todo hace creer que de la Arabia Feliz. Este país, cuyo nombre es tan extraño, fue habitado por los hijos que Abraham tuvo de Keturá, su segunda mujer; por Jocsán, padre de Saba, y por Madián, padre de Efá. La naturaleza de los presentes ofrecidos favorecen esa creencia: el oro, el incienso y la mirra nacieron en Arabia.
¡Qué drama había en aquel viaje! Imaginemos unos reyes que, súbitamente, por la fe de una estrella, abandonan su palacio, su trono, su reino. ¡Cuánta fe en tal partida, cuánta juventud, cuánto ardor, cuánto afán de luz! Muy libres habían de estar de todo lazo exterior, de toda costumbre, de toda etiqueta y de toda preocupación aquellos hombres que, al primer signo, dejan su reposo oriental y la tranquilidad de su mansión soberana por las fatigas y los peligros de un viaje enorme, y van sin vacilar hacia lo desconocido que se abre a sus miradas.
No vacilan, no dicen: "Mañana". No; parten hoy. Los camellos llevan la pesada carga al través de tierras despobladas y casi desconocidas; entonces y en aquellos lugares los viajes habían de ser raros y difíciles. La estrella sólo señalaba el camino; ella era la única compañera, silenciosa, misteriosa. El viaje debió ser también silencioso. La estrella era la imagen de la luz interior que brillaba y conducía. La Epifanía era su luz. Epifanía... ¡qué palabra!... ¡quiere decir la manifestación!
Al llegar a la capital de la Judea, no preguntan si realmente ha nacido el Rey de los judíos, sino tan sólo en qué lugar ha nacido. Su confianza era absoluta; el hecho, cierto para ellos. Hemos visto su estrella —dicen— y venimos a adorarle. Su pregunta se limita al lugar del nacimiento. No tienen temor ni respetos humanos. Dicen la cosa tal como ellos la saben, sin otros miramientos a nada ni a nadie. No se preguntan si es prudente hablar a Herodes del Rey de los judíos, ni si ha de parecer extraño que vengan de tan lejos por la fe de una estrella, no se preguntan nada; dicen en alta voz lo que piensan.... y sin embargo, hablan a Herodes; a Herodes que hizo morir a su primera mujer Mariamma, que se desembarazó de sus tres hijos porque desconfiaba de ellos.
Pero los tres Magos tienen suficiente grandeza para ser sencillos; marchan porque creen; hablan, porque creen; encuentran, porque creen. Y mientras su fe ingenua encuentra a Aquel que busca, Herodes, el hábil, el astuto, el calculador, el político refinado, degüella a todos los niños que no tiene interés en degollar, y deja vivo únicamente a Aquel a quien quiso hacer morir. Engaña, informa a los Magos inquiriendo, hácese astuto para con la ingenua grandeza de la alta ciencia oriental. Cuando lo hayáis encontrado, les dice, avisádmelo, para que pueda yo ir a adorarle también. Y queda preso en sus propias redes y se pierde a sí mismo. El sólo será la víctima de su doblez por la cual quizá se felicita, contento de lo bien que ha representado su papel. ¡Cuánto no debió burlarse de los tres Magos, al ver su confianza! ¡Y qué indignación no sentirían estos al ver que los judíos no se dignaban buscar entre ellos mismos a Aquel que el Oriente venía a buscar de tan lejos! ¡Y cómo debió mostrarse ante sus ojos aquella espantosa verdad: "Nadie es profeta en su tierra"! ¡Qué efecto debió producirles el lugar donde encontraron el Niño! ¡Venían de la Arabia para adorarlo... y eran reyes!
Aquel a quien venían a adorar, rechazado aún antes de su nacimiento, no había encontrado en la posada un lugar donde nacer. Todos los aposentos estaban tomados. María y José no habían encontrado sitio.
La terrible sencillez de la narración evangélica no insiste en esto que, sin embargo, va más allá de todo pensamiento; consigna simplemente que no había lugar en la posada.
La magnificencia oriental ostentando el oro, el incienso y la mirra, llevando sus reyes en sus camellos con su séquito y sus presentes; esta magnificencia voluntaria y lejana, entusiasta y extraña, muestra en vivo contraste la conducta de aquella gente, de la gente del país que llenaba la posada sin dejar un sitio para Aquel que se refugia entre un buey y una mula, porque está en su tierra, y la estrella lo anuncia en Oriente.
¿Qué pasó en el pesebre? ¿Qué forma tomó la adoración viva y juvenil de aquellos hombres sabios y fuertes? ¡Oh! ¡Qué pintor sería aquel que diera a cada uno de los tres reyes la fisonomía de la rama que representa; que escribiera en sus frentes los nombres de Sem, de Cam y de Jafet; que revelara su adoración según el espíritu de la familia humana que en cada uno de ellos vive; que mostrara con pompa y sin esfuerzo el esplendor oriental en el pesebre de Bethleem! Y sobre todo, ¡qué pintor aquel que pusiera en el rostro de José y en el de María la conciencia de lo que allí pasa!
Los Magos recibieron la orden de no volver a encontrar a Herodes, y regresaron a su país por otro camino. ¡El camino que sirve para ir al pesebre no sirve para volver de él!
El religioso Cirilo, en la vida de San Teodosio, cuenta que los reyes se apartaban de los grandes caminos y de los lugares frecuentados y se retiraban por la noche en las cavernas buscando la soledad. ¿Quién es capaz de medir la profundidad de la impresión que habían recibido? ¿Quién puede imaginar la huella que en sus almas, tan bien dispuestas, había dejado la faz de Aquel a quien buscaron y encontraron?
Vueltos a su patria por otro camino, seguramente vivieron allí una vida nueva y guardaron fielmente el recuerdo. Mucho tiempo después de la muerte y resurrección de Jesucristo vivían aún. Santo Tomás, que había visto a Jesucristo resucitado, bautizó a los que habían visto a Jesucristo en el pesebre. Un parentesco misterioso quizá una a Santo Tomás con los reyes Magos.
Algunos días antes de la Epifanía, hubo otros adoradores también llamados de afuera; eran los pastores.... Los pastores que durante la noche se iban relevando en la guardia de sus rebaños. Los primeros llamados de afuera a la adoración fueron reyes y pastores. Estos dos títulos, colocados ahora en opuestos extremos de la escala social, eran en otros tiempos palabras cuasi sinónimas; pues para el lenguaje y el sentimiento de la remota antigüedad, los reyes eran los pastores de los pueblos. En todas partes los que gobernaban eran llamados pastores, y los que obedecían eran llamados "ovejas".
He dicho que un parentesco misterioso y sobrenatural unía quizás a Santo Tomás con los reyes Magos; otro parentesco misterioso, pero natural, une tal vez a los reyes con los pastores. Los reyes Magos eran sabios; los pastores que velaban por turno cerca de Belén eran sencillos. Los reyes vieron una estrella porque eran astrónomos; los pastores vieron un ángel porque eran sencillos.
Los pastores recibieron la indicación que convenía a su carácter: "Encontraréis al Niño en mantillas y acostado en un pesebre". Y numerosa cohorte de espíritus celestiales se unió al ángel, cantando en la noche santa: "Gloria in Excelsis Deo et in terra pax hominibus bonæ voluntatis". La buena voluntad, esa cosa también sencilla y que apenas encuentra lugar en el lenguaje "vulgarmente" llamado poético, resuena en el canto de los ángeles después del ¡Gloria!, al lado del "Gloria"; y las dos palabras reunidas producen un efecto sublime.
El carácter distintivo de los pastores fue probablemente la sencillez; el de los reyes fue quizás la magnificencia y la generosidad. No quiero decir sólo la generosidad en los presentes, en el oro, en el incienso, en la mirra, sino la generosidad en la fe, en la adoración, en el emprender el viaje. No quiero decir solamente la generosidad que da, sino también la generosidad que se da.
Sus reliquias fueron transportadas de Persia a Constantinopla; Santa Elena las hizo depositar con magnificencia en la basílica de Santa Sofía. El obispo Eustaquio, en tiempos del obispo Emmanuel, las llevó a Milán. Cuando Federico Barbarroja entró a saco en esta ciudad, las reliquias de los reyes Magos recibieron en Colonia su hospitalidad hasta ahora definitiva.
Mucho se ha dicho sobre lo que fue la estrella de los Magos. Unos han creído que era una estrella absolutamente milagrosa que brilló de repente fuera de las leyes naturales y sin relación alguna con la astronomía. Otros han afirmado que una estrella ordinaria nunca hubiera podido señalar una casa determinada; habría indicado a lo más una comarca, pero no de un modo preciso un pequeño establo; era menester, pues, según éstos, que fuera un meteoro que se mostró cerca de la tierra. Otros, finalmente, han recurrido a una tercera explicación; según la hipótesis astronómica adoptada por el doctor Sepp, un astro nuevo puede aparecer de repente merced a la conjunción de tres planetas.
En 1604 los astrónomos observaron la conjunción de los tres planetas Saturno, Júpiter y Marte: una nueva estrella apareció de pronto entre Marte y Saturno, brillando con un resplandor extraordinario y esparciendo entorno una luz coloreada. Se ha calculado que una conjunción análoga se produce, con efectos semejantes, cada 800 años, que son los que emplean Saturno y Júpiter en recorrer el zodíaco. Siete períodos de 800 años (poco más o menos) han transcurrido desde la creación del mundo, períodos que podrían parecer días climatéricos de la humanidad; a saber:
De Adán a Enoc.
De Enoc al Diluvio.
Del Diluvio a Moisés.
De Moisés a Isaías.
De Isaías a Jesucristo.
De Jesucristo a Carlomagno.
De Carlomagno a la Edad Moderna (descubrimiento de la imprenta).
Y el nuestro sería el séptimo día.
La estrella de los Magos ¿fue el resultado de una combinación astronómica, o fue una estrella absolutamente milagrosa? Nadie lo sabe; pero como Dios es autor del orden natural lo mismo que del sobrenatural, su acción es igualmente sensible, igualmente manifiesta, igualmente providencial en uno y otro caso.
El oro, que es el poder; el incienso, que es la adoración; la mirra, que es la penitencia, fueron ofrecidos a Jesucristo por la voluntad expresa de Dios manifestada por una estrella y atestiguada por los reyes.