miércoles, 6 de enero de 2010

Reyes


LOS REYES MAGOS

Tomado de “Fisonomía de Santos”,
de Ernest Hello



Los siglos habían pasado sobre las llamas de Isaías sin extinguirlas. El clamor del profeta resonaba todavía, al menos en el corazón de la Virgen. La muda y vaga esperanza del género humano se precisó, se localizó, en tres Reyes de Oriente.

Los principales personajes de Oriente eran los Magos. Es menester no engañarse con el nombre suponiendo que al decir magos se quería significar hombres dedicados a la magia. No; eran sabios, eran reyes; en Oriente los sabios eran reyes. En la antigüedad remota, la más alta ciencia, tal como el Oriente la concibió, llevaba cetro y corona.

Eran astrónomos, y fueron avisados por una estrella. Una ley existe en virtud de la cual los elegidos lo son según su naturaleza, y son llamados según su carácter. Cada visión, cada aparición, cada palabra divina interior o exterior toma, en cierto modo, la semejanza de aquel que debe verla u oírla; se proporciona y determina según el nombre que en el mundo invisible lleva el escogido para contemplarla.

Por esto los reyes de Oriente, los reyes sabios, los depositarios de las antiguas tradiciones relativas a Balaam, los reyes astrónomos, los reyes ocupados en las cosas del cielo, los reyes que habían sentido el eco misterioso de la antigua tradición murmurar en sus oídos : "Orietur stella", "se levantará una estrella", los reyes elegidos y consagrados que representaban en sí solos, tres como eran, la vocación de los pueblos, fueron llamados por una voz digna de su grandeza: fueron llamados por una estrella.

Melchor representaba la raza de Sem; Gaspar, la raza de Cam; Baltasar, la raza de Jafet. He aquí a Cam reconciliado; y la Cananea verá el rostro de Aquel a quien la estrella anuncia, y triunfará de él por una plegaria.

No creo que nunca la pintura haya representado esa escena con la grandeza que le corresponde. El Diluvio había concluido, las aguas se habían retirado; las tres ramas de la familia humana estaban alrededor de Noé en las personas de sus fundadores. Noé les separa; Noé bendice y maldice. El poder secular de su bendición y de su maldición divide la raza humana; aquel poder dobla la cerviz de Cam bajo el yugo de Sem y de Jafet.

Ante el pesebre de Belén, junto a Jesucristo, de quién Noé fue figura, las tres ramas se unen de nuevo. Gaspar, hijo de Cam, acompaña a Melchor, hijo de Sem, y a Baltasar, hijo de Jafet. Sobre Gaspar no pesa ya inferioridad conocida; se le da lugar igual al de sus compañeros. Las naciones están allí presentes en la persona de aquellos que las representan; ninguna de ellas puede ser envidiada de las demás; todas son llamadas por la misma estrella. La misma atracción, igualmente celestial para todas, igualmente majestuosas, las reúne y las inclina en una misma adoración.

Las tres ramas de la familia humana han oído resonar con igual claridad en sus oídos los ecos del Salmo: "Los reyes de Tarsis y de las islas ofrecerán sus presentes. Los reyes de Arabia y de Sabá llevarán sus dones. Todos los reyes de la tierra lo adorarán, y todas las naciones le servirán".

¿De dónde venían? No se sabe a punto fijo; pero todo hace creer que de la Arabia Feliz. Este país, cuyo nombre es tan extraño, fue habitado por los hijos que Abraham tuvo de Keturá, su segunda mujer; por Jocsán, padre de Saba, y por Madián, padre de Efá. La naturaleza de los presentes ofrecidos favorecen esa creencia: el oro, el incienso y la mirra nacieron en Arabia.

¡Qué drama había en aquel viaje! Imaginemos unos reyes que, súbitamente, por la fe de una estrella, abandonan su palacio, su trono, su reino. ¡Cuánta fe en tal partida, cuánta juventud, cuánto ardor, cuánto afán de luz! Muy libres habían de estar de todo lazo exterior, de toda costumbre, de toda etiqueta y de toda preocupación aquellos hombres que, al primer signo, dejan su reposo oriental y la tranquilidad de su mansión soberana por las fatigas y los peligros de un viaje enorme, y van sin vacilar hacia lo desconocido que se abre a sus miradas.

No vacilan, no dicen: "Mañana". No; parten hoy. Los camellos llevan la pesada carga al través de tierras despobladas y casi desconocidas; entonces y en aquellos lugares los viajes habían de ser raros y difíciles. La estrella sólo señalaba el camino; ella era la única compañera, silenciosa, misteriosa. El viaje debió ser también silencioso. La estrella era la imagen de la luz interior que brillaba y conducía. La Epifanía era su luz. Epifanía... ¡qué palabra!... ¡quiere decir la manifestación!

Al llegar a la capital de la Judea, no preguntan si realmente ha nacido el Rey de los judíos, sino tan sólo en qué lugar ha nacido. Su confianza era absoluta; el hecho, cierto para ellos. Hemos visto su estrella —dicen— y venimos a adorarle. Su pregunta se limita al lugar del nacimiento. No tienen temor ni respetos humanos. Dicen la cosa tal como ellos la saben, sin otros miramientos a nada ni a nadie. No se preguntan si es prudente hablar a Herodes del Rey de los judíos, ni si ha de parecer extraño que vengan de tan lejos por la fe de una estrella, no se preguntan nada; dicen en alta voz lo que piensan.... y sin embargo, hablan a Herodes; a Herodes que hizo morir a su primera mujer Mariamma, que se desembarazó de sus tres hijos porque desconfiaba de ellos.

Pero los tres Magos tienen suficiente grandeza para ser sencillos; marchan porque creen; hablan, porque creen; encuentran, porque creen. Y mientras su fe ingenua encuentra a Aquel que busca, Herodes, el hábil, el astuto, el calculador, el político refinado, degüella a todos los niños que no tiene interés en degollar, y deja vivo únicamente a Aquel a quien quiso hacer morir. Engaña, informa a los Magos inquiriendo, hácese astuto para con la ingenua grandeza de la alta ciencia oriental. Cuando lo hayáis encontrado, les dice, avisádmelo, para que pueda yo ir a adorarle también. Y queda preso en sus propias redes y se pierde a sí mismo. El sólo será la víctima de su doblez por la cual quizá se felicita, contento de lo bien que ha representado su papel. ¡Cuánto no debió burlarse de los tres Magos, al ver su confianza! ¡Y qué indignación no sentirían estos al ver que los judíos no se dignaban buscar entre ellos mismos a Aquel que el Oriente venía a buscar de tan lejos! ¡Y cómo debió mostrarse ante sus ojos aquella espantosa verdad: "Nadie es profeta en su tierra"! ¡Qué efecto debió producirles el lugar donde encontraron el Niño! ¡Venían de la Arabia para adorarlo... y eran reyes!

Aquel a quien venían a adorar, rechazado aún antes de su nacimiento, no había encontrado en la posada un lugar donde nacer. Todos los aposentos estaban tomados. María y José no habían encontrado sitio.

La terrible sencillez de la narración evangélica no insiste en esto que, sin embargo, va más allá de todo pensamiento; consigna simplemente que no había lugar en la posada.

La magnificencia oriental ostentando el oro, el incienso y la mirra, llevando sus reyes en sus camellos con su séquito y sus presentes; esta magnificencia voluntaria y lejana, entusiasta y extraña, muestra en vivo contraste la conducta de aquella gente, de la gente del país que llenaba la posada sin dejar un sitio para Aquel que se refugia entre un buey y una mula, porque está en su tierra, y la estrella lo anuncia en Oriente.

¿Qué pasó en el pesebre? ¿Qué forma tomó la adoración viva y juvenil de aquellos hombres sabios y fuertes? ¡Oh! ¡Qué pintor sería aquel que diera a cada uno de los tres reyes la fisonomía de la rama que representa; que escribiera en sus frentes los nombres de Sem, de Cam y de Jafet; que revelara su adoración según el espíritu de la familia humana que en cada uno de ellos vive; que mostrara con pompa y sin esfuerzo el esplendor oriental en el pesebre de Bethleem! Y sobre todo, ¡qué pintor aquel que pusiera en el rostro de José y en el de María la conciencia de lo que allí pasa!

Los Magos recibieron la orden de no volver a encontrar a Herodes, y regresaron a su país por otro camino. ¡El camino que sirve para ir al pesebre no sirve para volver de él!

El religioso Cirilo, en la vida de San Teodosio, cuenta que los reyes se apartaban de los grandes caminos y de los lugares frecuentados y se retiraban por la noche en las cavernas buscando la soledad. ¿Quién es capaz de medir la profundidad de la impresión que habían recibido? ¿Quién puede imaginar la huella que en sus almas, tan bien dispuestas, había dejado la faz de Aquel a quien buscaron y encontraron?

Vueltos a su patria por otro camino, seguramente vivieron allí una vida nueva y guardaron fielmente el recuerdo. Mucho tiempo después de la muerte y resurrección de Jesucristo vivían aún. Santo Tomás, que había visto a Jesucristo resucitado, bautizó a los que habían visto a Jesucristo en el pesebre. Un parentesco misterioso quizá una a Santo Tomás con los reyes Magos.

Algunos días antes de la Epifanía, hubo otros adoradores también llamados de afuera; eran los pastores.... Los pastores que durante la noche se iban relevando en la guardia de sus rebaños. Los primeros llamados de afuera a la adoración fueron reyes y pastores. Estos dos títulos, colocados ahora en opuestos extremos de la escala social, eran en otros tiempos palabras cuasi sinónimas; pues para el lenguaje y el sentimiento de la remota antigüedad, los reyes eran los pastores de los pueblos. En todas partes los que gobernaban eran llamados pastores, y los que obedecían eran llamados "ovejas".

He dicho que un parentesco misterioso y sobrenatural unía quizás a Santo Tomás con los reyes Magos; otro parentesco misterioso, pero natural, une tal vez a los reyes con los pastores. Los reyes Magos eran sabios; los pastores que velaban por turno cerca de Belén eran sencillos. Los reyes vieron una estrella porque eran astrónomos; los pastores vieron un ángel porque eran sencillos.

Los pastores recibieron la indicación que convenía a su carácter: "Encontraréis al Niño en mantillas y acostado en un pesebre". Y numerosa cohorte de espíritus celestiales se unió al ángel, cantando en la noche santa: "Gloria in Excelsis Deo et in terra pax hominibus bonæ voluntatis". La buena voluntad, esa cosa también sencilla y que apenas encuentra lugar en el lenguaje "vulgarmente" llamado poético, resuena en el canto de los ángeles después del ¡Gloria!, al lado del "Gloria"; y las dos palabras reunidas producen un efecto sublime.

El carácter distintivo de los pastores fue probablemente la sencillez; el de los reyes fue quizás la magnificencia y la generosidad. No quiero decir sólo la generosidad en los presentes, en el oro, en el incienso, en la mirra, sino la generosidad en la fe, en la adoración, en el emprender el viaje. No quiero decir solamente la generosidad que da, sino también la generosidad que se da.

Sus reliquias fueron transportadas de Persia a Constantinopla; Santa Elena las hizo depositar con magnificencia en la basílica de Santa Sofía. El obispo Eustaquio, en tiempos del obispo Emmanuel, las llevó a Milán. Cuando Federico Barbarroja entró a saco en esta ciudad, las reliquias de los reyes Magos recibieron en Colonia su hospitalidad hasta ahora definitiva.

Mucho se ha dicho sobre lo que fue la estrella de los Magos. Unos han creído que era una estrella absolutamente milagrosa que brilló de repente fuera de las leyes naturales y sin relación alguna con la astronomía. Otros han afirmado que una estrella ordinaria nunca hubiera podido señalar una casa determinada; habría indicado a lo más una comarca, pero no de un modo preciso un pequeño establo; era menester, pues, según éstos, que fuera un meteoro que se mostró cerca de la tierra. Otros, finalmente, han recurrido a una tercera explicación; según la hipótesis astronómica adoptada por el doctor Sepp, un astro nuevo puede aparecer de repente merced a la conjunción de tres planetas.

En 1604 los astrónomos observaron la conjunción de los tres planetas Saturno, Júpiter y Marte: una nueva estrella apareció de pronto entre Marte y Saturno, brillando con un resplandor extraordinario y esparciendo entorno una luz coloreada. Se ha calculado que una conjunción análoga se produce, con efectos semejantes, cada 800 años, que son los que emplean Saturno y Júpiter en recorrer el zodíaco. Siete períodos de 800 años (poco más o menos) han transcurrido desde la creación del mundo, períodos que podrían parecer días climatéricos de la humanidad; a saber:

De Adán a Enoc.
De Enoc al Diluvio.
Del Diluvio a Moisés.
De Moisés a Isaías.
De Isaías a Jesucristo.
De Jesucristo a Carlomagno.
De Carlomagno a la Edad Moderna (descubrimiento de la imprenta).
Y el nuestro sería el séptimo día.

La estrella de los Magos ¿fue el resultado de una combinación astronómica, o fue una estrella absolutamente milagrosa? Nadie lo sabe; pero como Dios es autor del orden natural lo mismo que del sobrenatural, su acción es igualmente sensible, igualmente manifiesta, igualmente providencial en uno y otro caso.

El oro, que es el poder; el incienso, que es la adoración; la mirra, que es la penitencia, fueron ofrecidos a Jesucristo por la voluntad expresa de Dios manifestada por una estrella y atestiguada por los reyes.

lunes, 4 de enero de 2010

6 de enero


LA EPIFANÍA Y LA EUCARISTÍA

Tomado de Obras Eucarísticas
de San Pedro Julian Eymard


Et procidentes adoraverunt eum
Y prosternándose le adoraron
(San Mateo, II, 11).

Llamados a continuar, delante del Santísimo Sacramento, la adoración de los Magos en la gruta de Belén, debemos hacer nuestros los pensamientos y el amor que los condujo y sostuvo en la fe. Ellos comenzaron en Belén lo que nosotros continuamos haciendo al pie de la Hostia Santa. Estudiemos los caracteres de su adoración y saquemos de ellos provechosas instrucciones.
La adoración de los Magos fue un homenaje de fe y un tributo de amor al Verbo encarnado: tal debe ser nuestra adoración eucarística.


I

La fe de los Magos brilla con todo su esplendor por razón de las terribles pruebas a que se vio sometida, y de las cuales salió triunfante; me refiero a la prueba del silencio en Jerusalén y a la prueba de la humillación en Belén.

Como hombres sabios y prudentes, los regios viajeros se dirigen derechamente a la capital de Judea, esperando encontrar alborozada toda la ciudad de Jerusalén, al pueblo, animado y contento, festejando tan fausto acontecimiento, y por todas partes señales inequívocas de satisfacción y de la más viva alegría; pero... ¡qué sorpresa tan dolorosa! Jerusalén se halla en silencio y nada se advierte allí que revele la gran maravilla.

¿Se habrán, quizá, equivocado? Si el gran rey hubiera nacido, ¿no anunciaría todo el mundo su nacimiento? ¿No se burlarán de ellos y los insultarán, tal vez, si hacen saber el objeto de su viaje?

Estas vacilaciones y estas expresiones serán acaso hijas de la prudencia según la sabiduría humana, pero indignas, ciertamente, de la fe de los Magos. Ellos han creído y han venido, “¿Dónde ha nacido el rey de los judíos?” —preguntan en voz alta en medio de la asombrada Jerusalén, delante del palacio de Herodes y ante la muchedumbre popular, que sin duda se habrá aglomerado para presenciar el inusitado espectáculo de la entrada de tres Reyes en la ciudad—. “Nosotros hemos visto la estrella del nuevo Rey y venimos a adorarlo. ¿Dónde está? Vosotros, que sois su pueblo y que lo habéis estado esperando tanto tiempo, debéis saberlo”.

Silencio mortal. Interrogado Herodes, consulta a los ancianos y sacerdotes, y éstos responden por la profecía de Miqueas. Con esto despide Herodes a los Príncipes extranjeros, no sin prometerles que iría después de ellos a adorar al nuevo Rey. Enterados por la palabra de Herodes, salen los Reyes y marchan solos: la ciudad permanece indiferente; aun el sacerdote levítico espera, como Herodes, entre la vacilación y la incredulidad.

El silencio del mundo...: he aquí la gran prueba a que se halla sometida la fe en la Eucaristía.

Supongamos que algunos nobles extranjeros se enteran de que Jesucristo habita personalmente en medio de los católicos, en su Sacramento, y que, por tanto, estos felices mortales tienen la dicha inefable y singular de poseer la Persona misma del Rey de los cielos y tierra, del Creador y Salvador del mundo; en una palabra, la Persona de Nuestro Señor Jesucristo. Animados del deseo de verlo y de ofrecerle sus homenajes, vienen estos extranjeros desde las más remotas regiones creyendo encontrarlo entre nosotros en una de nuestras brillantes capitales europeas; ¿no se verían sometidos a la misma prueba de los magos? ¿Qué hay que revele en nuestras ciudades católicas la presencia de Jesucristo? ¿Las iglesias? Pero el protestantismo y el judaísmo tienen también sus templos. ¿Qué hay, pues, que indique esta presencia? Nada.

Hace pocos años vinieron algunos embajadores de Persia y de Japón a visitar a París... Seguramente nada les dio idea de que nosotros poseemos a Jesucristo, que vive y desea reinar entre nosotros. Escándalo es éste que padecen todos aquéllos que viven alejados de nuestras creencias.

Este silencio es también el escándalo de los cristianos débiles en la fe. Al ver que la ciencia del siglo no cree en Jesucristo Eucarístico, que los grandes no lo adoran, que los poderosos no le rinden vasallaje..., infieren de aquí que no está Jesucristo en el Santísimo Sacramento y que no vive ni reina entre los católicos.

¡Hay muchos, por desgracia, que hacen este razonamiento! ¡Es tan grande el número de los necios y de los esclavos que no saben hacer sino lo que ven hacer a los otros!...

Y, sin embargo, en el mundo católico como en Jerusalén, está la palabra de los profetas, la palabra de los apóstoles y evangelistas que delatan la presencia sacramental de Jesús; sobre la montaña de Dios, visible a todos, está colocada la Santa Iglesia, la cual ha reemplazado al Ángel de los pastores y a la estrella de los magos; la Iglesia, que es un sol resplandeciente para quien quiera ver su luz; que tiene la voz de Sinaí para quien quiera escuchar su ley; ella nos señala con el dedo el templo santo, el tabernáculo augusto, clamándonos: “¡He aquí el cordero de Dios, el Enmanuel; he aquí a Jesucristo!”

A su voz, las almas sencillas y rectas se dirigen hacia el Tabernáculo, como los Reyes Magos a Belén; aman la verdad y la buscan con ardor. Ésta es vuestra fe, de todos los que aquí estáis habéis buscado a Jesucristo, lo habéis encontrado y lo adoráis: ¡sed por ello benditos!

Nos dice también el Evangelio que a la voz de los Magos, Herodes se turbó y toda Jerusalén con él.
Que Herodes se turbase no es extraño, porque era un extranjero y un usurpador, y en aquél que le anuncian ve al verdadero rey de Israel, que lo destronará con el tiempo; pero que se turbe Jerusalén al recibir la feliz noticia del nacimiento de Aquél que tanto tiempo ha estado esperando, a quien esta ciudad viene saludando desde Abrahán como a su gran Patriarca, desde Moisés como a su gran Profeta y desde David como a su Rey, es lo que no se comprende.

¿Ignoraba el pueblo judío la profecía de Jacob, que designa la tribu de la cual ha de nacer; la de David, que señala la familia; la de Miqueas, que designa su pueblo natal, y la de Isaías, que canta su gloria? Y con todos estos testimonios, tan claros y tan precisos, fue necesario que unos gentiles, tan despreciados por los judíos, vinieran a decirles: “¡Vuestro Mesías ha nacido! Venimos a adorarlo después de vosotros, venimos a asociarnos a vuestra dicha: mostradnos su regia estancia y permitidnos que le ofrezcamos nuestros homenajes”.

¡Ay, este terrible escándalo de los judíos, que se turban por la nueva del nacimiento del Mesías, continúa repitiéndose entre los cristianos, por desgracia! ¡Cuántos de éstos tienen miedo a la Iglesia donde reside Jesucristo! ¡Cuántos hay que se oponen a la construcción de un nuevo tabernáculo, de un santuario más...! ¡Cuántos que se azoran al encontrar el Santo Viático y no pueden soportar la vista de la Hostia Sacrosanta! ¿Y por qué razón? ¿Qué motivo les ha dado este Dios oculto?

Les da miedo..., porque ellos quieren servir a Herodes y acaso a la infame Herodíades; ésa es la última palabra de este escándalo herodiano, que irá seguido muy presto del odio y de la persecución sangrienta.


La segunda prueba de los Magos está en la humillación del Niño-Dios en Belén.

Ellos esperaban encontrar, como era natural, todos los esplendores del cielo y de la tierra alrededor de la cuna del recién nacido. Su imaginación les había hecho ver de antemano estas magnificencias. Habían oído en Jerusalén las glorias predichas por Isaías acerca de Él. Habían visitado, sin duda, aquella maravilla del mundo, es decir, el templo que lo había de recibir y, andando el camino, se dirían: “¿Quién hay semejante a este rey?” Quis ut Deus.

Pero, ¡oh sorpresa!, ¡qué decepción y qué escándalo para una fe menos arraigada que la suya! Conducidos por la estrella, van al establo, y ¿qué ven allí? Un pobre Niño con su joven madre: el Niño estaba acostado sobre la paja como el más pobre entre todos los pobres —¿qué digo?— como tierno corderillo que acaba de nacer, reposa en medio de los animales; unas miserables mantitas lo protegen un poco contra los rigores del frío. Muy pobre ha de ser su madre para que nazca él en tan humilde lugar. Los pastores ya no están allí para referir las maravillas que han contemplado en el cielo. Belén se muestra indiferente.

¡Oh, Dios mío, qué prueba tan terrible! Los reyes no nacen así..., ¡cuánto menos un Rey del cielo! ¡Cuántos habitantes de Belén habían acudido al establo acuciados por el relato de los pastores y habían vuelto incrédulos! ¿Qué harán los Reyes Magos? Vedlos arrodillados, postrados con el más profundo respeto y adorando con la mayor humildad a aquel niño; lloran de alegría al contemplarlo. ¡La pobreza que lo rodea les causa arrebatos de amor! Et procidentes adoraveunt eum (San Mateo, II, 11).

¡Oh Dios, qué inexplicable misterio! ¡Nunca los Reyes se abaten así, ni aun en presencia de otros soberanos! Los pastores admiraron al Salvador anunciado por los ángeles, y el evangelista no dice que se arrodillasen ante Él para adorarlo. Los Magos son los que le rindieron el primer culto, el primer homenaje de adoración pública en Belén, así como fueron sus primeros apóstoles en Jerusalén.

¿Qué vieron, pues, los Magos en aquel establo, en aquel pesebre y sobre aquel Niño? ¿Lo que vieron? El amor..., un amor inefable, el verdadero amor de Dios a los hombres; vieron a un Dios arrastrado por su amor hasta hacerse pobre para ser el amigo y el hermano del pobre; vieron a un Dios que se hacía débil para consolar al débil y al que se ve abandonado; vieron a un Dios sufriendo para demostrarnos su amor. Esto es lo que vieron los magos y ésta fue la recompensa de su fe, su triunfo sobre esta segunda prueba.

La humillación sacramental de Jesús es también la segunda prueba de la fe cristiana.

Jesús, en su Sacramento, no ve las más de las veces sino la indiferencia de los suyos, y aun muchas veces su incredulidad y menosprecio. Fijaos en esta triste verdad, que fácilmente podréis comprobar: Mundus eum non cognovit (San Juan, I, 10).

Tal vez se creería en la Eucaristía si a la hora de la consagración se oyeran, como en su nacimiento, los conciertos de los ángeles, o si como en el Jordán se viera el cielo abierto sobre Él, o si brillara su gloria como en el Tabor o, en fin, si se renovara en nuestra presencia alguno de esos milagros que ha obrado el Dios de la Eucaristía a través de los siglos.

¡Pero nada menos aún que nada! ¡Es la nada de toda la gloria, de todo el poder y de todo el ser divino y humano de Jesucristo; ni siquiera se ve su faz humana, ni se oye su voz, ni se percibe acción alguna suya sensible!

La vida es el movimiento, dicen, y el amor al menos se manifiesta por algún signo. Aquí no se nota más que el frío y el silencio de la muerte.

¡Tenéis razón los hombres de la razón pura; los que os tenéis por la gloria de este mundo, los filósofos de los sentidos; tenéis mil veces razón. La Eucaristía es la muerte o, mejor, el amor que lleva hasta la muerte. Este amor de la muerte es lo que lleva al Salvador a tener atado su poder, lo que le hace reducir a la nada su gloria y su Majestad divina y humana para no atemorizar al hombre; el amor de la muerte es lo que induce a Jesús, para no desalentar al hombre, a ocultar sus perfecciones infinitas y su santidad inefable, mostrándose solamente bajo el tenue velo de las santas especies, las cuales lo descubren más o menos a nuestra fe, según la pujanza o flojedad de nuestra virtud.

Todo esto es para el verdadero cristiano, no el escándalo ni la prueba de su fe, sino la vida y la perfección de su amor. Su fe viva pasa a través de esta pobreza de Jesús y de esta debilidad y apariencia de muerte y llega hasta su santísima alma, consulta con sus pensamientos y sentimientos admirables, y al descubrir su divinidad unida a su Sacratísimo Cuerpo y oculto bajo las sagradas especies, el cristiano, como los Magos, se postra, contempla y adora, arrobado en suaves deliquios de amor: ¡ha encontrado a Jesús! Et procidentes adoraverunt eum (San Mateo, II, 11).

Aquí tenéis la prueba y el triunfo de la fe en los Magos, y las pruebas y el triunfo de la fe de los cristianos.

Examinemos el homenaje de amor de los magos al Dios-niño y el homenaje que nuestro corazón debe rendir también al Dios de la Eucaristía.


II

La fe nos lleva a Jesús; el amor lo encuentra y le adora. ¿Cuál es el amor de los Magos adoradores?

Es un amor perfecto. El amor se conoce por los tres efectos siguientes, que son propiamente su vida:

1°.- Se manifiesta por la simpatía. La simpatía de las almas es su lazo de unión, es la ley que regula dos vidas; por ella uno de los amantes se hace semejante a otro: Amor pares facit.

La acción de la simpatía natural, y con más razón de la simpatía sobrenatural con Nuestro Señor Jesucristo, está en la atracción fuerte, en la transformación uniforme de dos almas en una..., de dos cuerpos en uno: como el fuego convierte y transforma en sí mismo toda materia combustible, así también el cristiano se transforma en Dios por amor de Jesucristo. Símiles ei erimus (I San Juan, III, 2).

¿Cómo pudieron concebir tan pronto los magos simpatías por este pequeño Niño que ni habla ni puede revelarles su pensamiento? El amor vio, y el amor se unió al amor. ¿No os lo dice el ver a esos Reyes arrodillarse ante el pesebre, y ante animales, y a pesar de un estado tan humillado y humillante para los Reyes adorar a este débil Niño, que no puede hacer otra cosa que mirarlos? Lo que hacen las palabras tratándose de amigos, lo hace aquí el amor.

¿No veis cómo ellos imitan, cuanto es posible, el estado del Divino Niño? El amor propende a la imitación, porque es simpático. Aquellos Reyes querían rebajarse más, anonadarse y descender hasta las entrañas de la tierra, para adorar mejor, e imitar a Aquél que desde el trono de su gloria se humilló hasta parar en un pesebre, en forma de esclavo.

Ellos abrazan la humildad con la cual se desposó el Verbo encarnado; aman la pobreza que el mismo Verbo deificó y el sufrimiento que Él divinizó; el amor, como veis, transforma; produce la identidad de vida; hace sencillos a los reyes, humildes a los sabios y pobres de corazón a los ricos. Los reyes son todo esto a la vez.

La simpatía es necesaria a la vida de amor, porque endulza los sacrificios y asegura su constancia; en una palabra, la simpatía es una verdadera prueba de amor y una prenda de su constancia. El amor que no ha llegado a ser simpático es una virtud trabajosa, heroica a veces, pero privada siempre de la alegría y de los encantos de la amistad. Para un cristiano llamado a vivir de amor de Dios resulta necesaria esta simpatía de amor.

Ahora bien: en la Eucaristía Nuestro Señor Jesucristo nos atestigua con dulzura el amor personal que, como a amigos suyos, nos profesa; allí permite que nuestro corazón descanse un poco sobre el suyo, como se lo consintió al Discípulo Amado; allí nos hace gustar, aunque sea como de paso, la dulzura del Maná celestial; allí es donde hace que nuestro corazón experimente la alegría de recibir a su Dios, como Zaqueo; la alegría de recibir a su Salvador, como la Magdalena; de recibir al que constituye su felicidad y su todo, como la Esposa de los Cantares; allí es donde se escapan esos suspiros de amor... ¡Oh, cuán suave sois, Dios mío! ¡Qué bueno y qué tierno eres, Jesús de mi corazón, para los que te reciben con amor!

La simpatía del amor no se parará en el goce. Es una hoguera que el Salvador ha encendido en el corazón simpático: Carbo est Eucharistia quæ nos inflammat. El fuego es activo y todo lo invade. Así también el alma por la acción de la Eucaristía se siente impulsada a exclamar: “¿Qué haré yo, Dios mío, para corresponder a tanto amor?” Y Jesús responde: “Debes imitarme y vivir de mí para mí”. La transformación será fácil. “En la escuela del amor —dice la Imitación de Cristo— no se anda paso a paso..., se corre..., se vuela”: Amans volat, currit (Imit., I, III, cap. 5).


2°.- El amor se manifiesta, en segundo lugar, por su carácter de absoluto en lo que afecta al sentimiento: quiere dominarlo todo, ser dueño único y absoluto del corazón. El amor es uno; tiende a la unidad porque es su esencia; absorbe o es absorbido.

Esta verdad brilla con todo su esplendor en la adoración de los Magos. Tan pronto como ellos han encontrado al Rey-Niño, sin atender a la indignidad del lugar, ni a los animales que allí se encuentran y que hacen este lugar más repulsivo; sin pedir prodigios al cielo ni explicaciones a la Madre, y sin examinar siquiera por curiosidad al Niño, caen súbitamente de rodillas y lo adoran profundamente. Ellos le adoran a Él solo; no ven otra cosa más que su infantil persona, ni han tenido otro motivo, fuera de Él, para acudir allí. El evangelio no hace mención de los honores que debieron tributar a su Santa Madre; en presencia del sol todos los demás astros se eclipsan; la adoración es una, como el amor que la inspira.

Notémoslo bien: la Eucaristía es el amor de Jesucristo para con el hombre en su grado más elevado, puesto que es, como si dijéramos, la quintaesencia de todos los misterios de su vida, como Salvador. Todo lo que hizo Jesucristo, desde la encarnación hasta la cruz, tiene por objeto el don de la Eucaristía, su unión personal y corporal con cada uno de los cristianos, mediante la Comunión; Jesús veía en la Comunión el medio de comunicarnos todos los tesoros de la pasión, todas las virtudes de su santa humanidad y todos los méritos de su vida. Ved aquí el prodigio del amor: Qui manducat meam carnem, in me manet, et ego in illo (San Juan, VI, 56).

Nuestro amor a la Eucaristía debe ser también absoluto si queremos llegar, por nuestra parte, al fin que se propuso en la Comunión, o sea la transformación de nosotros en Él mediante la unión. La Eucaristía debe ser, por consiguiente, la norma de nuestras virtudes, el alma de nuestra piedad, el deseo supremo de nuestra vida, el pensamiento principal y dominante de nuestro corazón y como el lábaro glorioso de nuestros combates y sacrificios. Sin esta unidad de acción no llegaremos nunca a lo absoluto del amor; con ella, nada más dulce, nada más fácil: contamos entonces con todo el poder del hombre y con todo el poder de Dios que actúan de consuno para consolidar el reinado del amor. Dilectas meus mihi et ego illi (Cant. Cant., II, 16).


3°.- En fin, el amor se manifiesta por las dádivas. Tanta perfección hay en el amor cuanta sea la perfección del don. El escritor sagrado entra en los más explícitos detalles sobre el modo y las circunstancias de los dones ofrecidos por los Magos. “Y abriendo —dice— sus tesoros, le ofrecieron oro, incienso y mirra” (San Mateo, II, 11).

El oro, que es el tributo destinado a los reyes; la mirra, que se emplea para honrar la sepultura de los grandes de la tierra, y el incienso, que es el emblema del homenaje debido a Dios.

O, más bien, estos tres dones son el homenaje de toda la humanidad representada a los pies del Niño-Dios: el oro significa el poder y la riqueza; la mirra, el sufrimiento, y el incienso, la oración.

Así, pues, la ley del culto eucarístico empezó en Belén para continuarse perpetuamente en el Cenáculo de la Eucaristía. Los Reyes comenzaron, y nosotros debemos continuar sus homenajes. Jesús Sacramentado necesita oro, porque es Rey de los reyes; necesita oro, porque tiene derecho a un trono más espléndido que el de Salomón; necesita oro para sus vasos sagrados y para su altar. ¿No debe tratarse la Eucaristía con mayor esmero que el arca, hecha de oro purísimo, con el oro que proporciona el pueblo fiel?

Jesús Eucarístico necesita mirra, no para Sí, puesto que ya consumó su sacrificio sobre la Cruz, y la resurrección glorificó su Cuerpo divino y su sagrado sepulcro. Mas como se constituyó nuestra Víctima perpetua sobre el altar, esta Víctima necesita sufrir, lo que no puede hacer sino en nosotros y por nosotros; así encuentra el medio de renovar la sensibilidad, la vida y el mérito de sus sufrimientos en nosotros que somos sus miembros; nosotros lo contemplamos y le damos su verdadero carácter actual de Víctima inmolada.

También se le debe el incienso. El sacerdote se lo ofrece todos los días. Pero quiere además el incienso de nuestras adoraciones para derramar, en cambio, sobre nosotros sus bendiciones y sus gracias.

¡Felices debemos considerarnos de poder compartir por la Eucaristía la dicha de María, de los Reyes Magos y de los primeros discípulos que obsequiaron con sus dones a Jesucristo!

En la Eucaristía se nos ofrece también la ocasión de poder socorrer la pobreza de Belén. Sí; todos los bienes de la gracia y de la gloria nos vienen por conducto de la Eucaristía; todos ellos tienen su origen y su manantial en Belén, convertido en cielo de amor; se acrecentaron durante la vida del Salvador, y todos esos ríos de gracias, de virtudes y méritos desembocaron en el océano del Sacramento adorable, en el cual los tenemos nosotros en toda su plenitud.

Asimismo, de la Eucaristía nacen también nuestras obligaciones: el amor de la Eucaristía nos obliga a una generosa correspondencia. Los Magos son nuestros modelos y los primeros adoradores; mostrémonos dignos de su excelsa fe en Jesucristo; seamos los herederos de su amor y algún día seremos herederos de su gloria.

sábado, 26 de diciembre de 2009

27 de diciembre


SAN JUAN, APÓSTOL,
EVANGELISTA Y PROFETA

Fiesta el 27 de diciembre


El Apóstol San Juan era natural de Betsaida. Sus padres fueron Zebedeo y Salomé; y su hermano, Santiago el Mayor. Formaban una familia de pescadores que, al conocer al Señor, no dudaron en ponerse a su total disposición: Juan y Santiago, en respuesta a la llamada de Jesús, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, le siguieron; Salomé, la madre, sirviéndole con sus bienes en Galilea y Jerusalén, y acompañándole hasta el Calvario.


Juan había sido discípulo del Bautista cuando éste estaba en el Jordán, hasta que un día pasó Jesús cerca y el Precursor le señaló: “He ahí el Cordero de Dios”. Al oír esto, junto con San Andrés, fue tras el Señor y pasó con Él aquel día. Nunca olvidó San Juan este primer encuentro.

Volvió a su casa, al trabajo de la pesca. Poco después, el Señor le llama definitivamente a formar parte del grupo de los Doce.

San Juan era, con mucho, el más joven de los Apóstoles; no tendría aún veinte años cuando correspondió a la llamada del Señor, y lo hizo con el corazón entero, con un amor indiviso, exclusivo.

Toda la vida de Juan estuvo centrada en su Señor y Maestro; en su fidelidad a Jesús encontró el sentido de su vida. Ninguna resistencia opuso a la llamada, y supo estar en el Calvario cuando todos los demás habían retrocedido.

Sabido es que los dos hermanos fueron llamados por Jesús “hijos del trueno”, por su entusiasmo y fogosidad.

Pedro, Santiago y Juan formaron el grupo predilecto de Jesús. Los tres presenciaron su Transfiguración, le acompañaban en el momento de la resurrección de la hijita de Jairo, fueron testigos de su agonía en el huerto de Getsemaní.

Entre las predilecciones particulares que el Maestro reservó a San Juan, recordemos que en la Última Cena le dejó reclinar la cabeza sobre su costado, que fue el único discípulo suyo que estuvo al pie de la Cruz, que poco antes de morir en ella le dejó encomendada a su Madre.

Junto con San Pedro preparó, por encargo de Jesús, la Cena pascual y comprobó que el sepulcro estaba vacío en la misma mañana de la Resurrección.

En los episodios posteriores a ésta, los dos aparecen constantemente juntos, defendiendo, por ejemplo, a Jesús ante el Sanedrín y soportando sus increpaciones. A los dos hallamos juntos predicando y bautizando a las muchedumbres, en los días inmediatos a Pentecostés. Los dos van a Samaria para invocar allí al Espíritu Santo sobre los ya bautizados, es decir: para administrarles la Confirmación.

Sabemos que predicó en Samaria, que asistió al Concilio de Jerusalén en el año cincuenta, que llevó al lado de la Virgen María una vida muy recogida, la cual continuó después de la Asunción de la Madre de Dios.

En el ocaso del primer siglo reaparece con toda su prestancia su figura; dominando el fin de la era apostólica con una majestad incomparable, debida al poder de su palabra y al prestigio de su autoridad.

San Ireneo, Padre de la Iglesia, quien fue discípulo de San Policarpo, quién a su vez fue discípulo de San Juan, es una segura fuente de información sobre el Apóstol

La Tradición nos enseña que entre la muerte de San Pedro y San Pablo y la ruina de Jerusalén, Juan fue a establecerse en Éfeso, seguido de una verdadera colonia de cristianos de Jerusalén, lo cual se explica perfectamente por el movimiento de dispersión que tuvo lugar en aquellos tiempos de guerra judaico-romana y de crisis de la Ciudad Santa, poco antes de su temida ruina, anunciada por Jesucristo, y consumada el año 70.

Cuando habían desaparecido todos los “testigos de la Palabra”, los oyentes de Jesús, quedaba allí Juan, que había visto al Maestro con sus ojos, y le había tocado con sus manos, y había recogido las últimas palabras de su vida mortal.

Es Tertuliano, el gran apologista (siglos II-III), quien cuenta que San Juan sufrió en Roma la terrible prueba del aceite hirviente. La tradición señala como lugar del hecho la Puerta Latina: un campo de las afueras de la Urbe, al principio de la vía que atravesaba el Lacio.

Podemos imaginar la escena: El venerable anciano ha sido echado, con las manos atadas, en una gran caldera llena de aceite que hierve y chisporrotea; los verdugos atizan el fuego y le contemplan estupefactos, reza el Mártir con los ojos fijos en el Cielo; se le ve sereno, alegre.

Se desiste de traer nuevas cargas de leña y de revolver el brasero; es inútil: nada puede hacer daño a la carne virginal de aquel hombre prodigioso; el fuego le respeta y el aceite que arde es para él como un rocío.

Tertuliano lo narra con emoción, añadiendo que el Evangelista, después de haber salido incólume del perverso baño, fue relegado, por orden imperial, a una isla. Este martirio lo festeja la Iglesia el 6 de mayo.

Consta históricamente que fue la de Patmos, en el mar Egeo, árida, agreste, volcánica; allí tendrá las visiones del Apocalipsis y permanecerá largos meses, hasta la muerte de Domiciano, para regresar a su Éfeso querida, amparado por una amnistía general.

Fue entonces cuando escribió su Evangelio. Él mismo nos revela el objetivo que tenía presente al escribirlo. “Todas estas cosas las escribo para que podáis creer que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios y para que, al creer, tengáis la vida en Su nombre”.

Su Evangelio tiene un carácter enteramente distinto al de los otros tres y es una obra teológica tan sublime que, como dice Teodoreto, “está más allá del entendimiento humano el llegar a profundizarlo y comprenderlo enteramente”.

La elevación de su espíritu y de su estilo y lenguaje, está debidamente representada por el águila que es el símbolo de San Juan el Evangelista.

También escribió el Apóstol tres epístolas. A lo largo de todos sus escritos, impera el mismo inimitable espíritu de caridad.

La tradición nos ha transmitido un hermoso anecdotario de la última vejez del Apóstol. Entusiasta de la pureza de la fe, no se recató de manifestar su más absoluta repugnancia contra las primeras herejías que en la Iglesia aparecieron.

San Ireneo cuenta que habiendo ido Juan, en cierta ocasión, a los baños públicos de Éfeso, vio que estaba en ellos el hereje Cerinto y salió inmediatamente afuera, diciendo: “Huyamos de aquí; no sea que vaya a hundirse el edificio por haber entrado en él tan gran adversario de la verdad”.

Contra Cerinto, precisamente y otros herejes como los Ebionitas, que negaban la divinidad de Jesucristo, escribió el cuarto Evangelio a ruegos de los Obispos de Asia.

San Jerónimo, en su libro Sobre los Escritores Eclesiásticos, dice que San Juan vivió hasta los días del Emperador Trajano (98-117) y falleció sesenta y ocho años después de la Pasión del Señor.

De acuerdo con San Epifanio, San Juan murió pacíficamente en Efeso hacia el tercer año del reinado de Trajano, cuando tenía la edad de noventa y cuatro años.


Como fruto de esta fiesta, debemos considerar que San Juan nos enseña a amar a Jesucristo, al prójimo y a la Santísima Virgen.

En primer lugar, San Juan nos ofrece en toda su vida uno de los más bellos modelos de la caridad a Jesucristo.

Sus actos como sus escritos no son más que inspiraciones de la caridad.

Fue la caridad la que inspiró su pureza virginal y sus correrías evangélicas, primero a través de las ciudades de Israel y los campos de Samaría, y después de Pentecostés, a través del Asia, en donde funda iglesias, consagra obispos, combate a los herejes.

Su caridad le condujo, en la noche de la Pasión, en medio de un pueblo enfurecido, para buscar a su amado, y, en el mismo día de la Pasión, estuvo al pie de la Cruz para servir de consuelo a Jesús, ya que no podía servirle de defensa.

Y después de la muerte de Jesús, la caridad le hizo desafiar el destierro, el martirio, el aceite hirviendo y el furor de los tiranos.

Porque San Juan amó mucho, Jesús reunió en él todos los favores repartidos entre los otros: lo hizo a la vez Apóstol, Evangelista, Profeta, Obispo, Doctor, Mártir, Confesor, Virgen, Patriarca y Fundador de las iglesias de Asia.

Jesús dejó desbordar sobre él tesoros de luz: le hizo alzar la vista hasta el seno del Padre para contemplar la generación del Verbo, estamparla en su Evangelio y leer en lo porvenir los combates de la Iglesia, sus dolores y su triunfo; la caída de la idolatría y los sucesos de los últimos tiempos.


En segundo lugar, vemos que, si los otros Evangelistas no han hecho sino indicar el precepto de la caridad, a San Juan le ha sido dado desenvolverlo en toda su belleza.

Es él quien nos enseña que la caridad evangélica es un mandamiento verdaderamente nuevo, por la perfección a que debe elevarse; que es el carácter distintivo del cristiano; que nuestra caridad debe modelarse por el mismo amor que Jesucristo tiene a los hombres; que ha de perdonar cuanto mal nos hagan, y no oponer sino amor a la ingratitud y a la indiferencia; que debe tomar por modelo algo más alto, cual es el amor que se tienen las tres Divinas Personas.


Finalmente, San Juan amó siempre a la Santísima Virgen como a Madre de Jesús; y este título le bastaba al discípulo a quien amaba Jesús.

Después la amó como a su propia Madre, en virtud del legado que Jesús le hizo al morir, diciéndole: Hijo mío, he aquí a tu madre.

El era su ángel tutelar, su consuelo, su apoyo, su refugio.

Desde la muerte del Salvador, la recibió en su propio hogar, viuda afligida y madre dolorosa y desconsolada; le prodigó los más solícitos y tiernos cuidados y mientras vivió proveyó a sus necesidades.

Aprendamos de San Juan a amar a Jesucristo; a amar al prójimo; a amar de un modo especial a la Santísima Virgen.

Tomemos la resolución de hacer todas nuestras acciones por amor a Dios; de amar al prójimo con un amor generoso, que sepa soportar y perdonar; de avivar nuestro amor hacia la Santísima Virgen.

Hoy, en su festividad, contemplamos al discípulo a quien Jesús amaba con una santa envidia por el inmenso don que le entregó el Señor, su propia Madre.

Todos los cristianos, representados en Juan, somos hijos de María.

Hemos de aprender de San Juan a tratarla con confianza. Él recibe a María, la introduce en su casa, en su vida.

Los autores espirituales han visto en esas palabras que relata el Santo Evangelio una invitación dirigida a todos los cristianos para que pongamos también a María en nuestras vidas.

María quiere ciertamente que la invoquemos, que nos acerquemos a Ella con confianza, que apelemos a su maternidad, pidiéndole que se manifieste como nuestra Madre.

Que San Juan Evangelista nos alcance estas gracias y todas las otras que nuestra alma necesita.

viernes, 25 de diciembre de 2009

26 de diciembre


SAN ESTEBAN, PROTOMÁRTIR

26 de Diciembre


San Esteban, diácono y protomártir, es decir el primer mártir cristiano.

Tenemos noticias de este Santo a través de los relatos que encontramos en el libro los Hechos de los Apóstoles. Era judío y helenista de la Diáspora.

El nombre de Esteban proviene del griego Stephanos, que significa “corona”.

Es uno de los siete diáconos seleccionados para solucionar la queja de los helesnistas en la primitiva Iglesia cuando aparentemente se abandonaba la atención de las mujeres y niños cristianos provenientes del paganismo, mientras que aparentemente se daba una mayor atención y cuidado a los judíos convertidos a la nueva fe.

Estos siete diáconos por su nombre y propósito parecen ser de origen griego y tenían como misión el servicio de las mesas, es decir descargar de los trabajos materiales a los apóstoles.

Esteban fue un hombre extraordinario, lleno de fe y del Espíritu Santo, amado y estimado por todos los miembros de la comunidad cristiana.

La labor de Esteban empezó a hacerse patente cuando los judíos venidos de otros países entablaban conversaciones con él, no pudiendo resistir la sabiduría que salía de sus palabras, inspiradas por el Espíritu Santo.

Su predicación tuvo gran aceptación y las conversiones se multiplicaban. La gente acudía a oírlo, dejaba la sinagoga y se añadía al grupo de los que creían en Jesús.

Esteban era vehemente en su predicación y convertía a muchos judíos a la fe cristiana incluso a sacerdotes. Al ver esto, los ancianos y jefes de algunas sinagogas empezaron a elaborar planes para vencerlo y desacreditarlo.

Los de la sinagoga de los Libertos le llevaron delante del Sanedrín, presentando testigos falsos y acusándole de afirmar que Jesucristo iba a destruir el templo y poner fin a las leyes de Moisés.

Esteban pronunció un discurso ante el los miembros del Sanedrín en el que fue repasando la historia del pueblo de Israel, echándoles en cara a los judíos su eterna oposición a los profetas y enviados de Dios, llegando incluso a matar al más importantes de todos ellos, el Redentor Jesucristo.

Oyendo esto, los miembros del Sanedrín se enfurecieron. Esteban, lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo exclamando: “Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre en pie a la derecha de Dios”. En ese momento, los que le escuchaban se taparon los oídos y se lanzaron contra él.

Lo sacan entre gritos y empujones fuera de las murallas; los verdugos, tras quitarse sus mantos y dárselos a un joven llamado Saulo, se disponen a lanzar piedras contra el cuerpo del primer mártir cristiano.

Esteban se hinca de rodillas y con los ojos hacia el Monte de los Olivos, donde un año o dos antes subió Jesús a los cielos, ruega a Él por los que le van a dar muerte, exclamando cuando siente los primeros golpes: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”. Cayó su cuerpo bañado en sangre.

El perdón de los enemigos, la caridad cristiana que abraza a todos los hombres, el mandato del amor había arraigado bien en el corazón de la Iglesia. El primer mártir cristiano moría perdonando a sus verdugos, tal y como lo había hecho Jesucristo en lo alto de la cruz.

Esta mansedumbre y caridad cristiana es la nota distintiva de la plenitud de San Esteban. Estaba lleno de gracia, sabiduría y de poder sobrenatural, pero sobre todo estaba lleno de amor, tenía un corazón formado en la escuela de Cristo.

El odio contra Esteban y Jesús, recogido en el corazón más grande que allí había presente, el único en que cabía, se iba a convertir en amor. Saulo, el fariseo, será muy pronto Pablo, el siervo de Cristo. La mejor corona de Esteban será la conversión de Saulo, que ahora guarda los vestidos de los verdugos, y que se va a convertir en el Apóstol, en el medio elegido por Dios para dar a conocer la doctrina de su Hijo.

Saulo, el futuro Apóstol de los Gentiles, supo aprovechar la semilla de sangre que sembró aquel primer mártir de Cristo.

“Sin la oración de San Esteban, la iglesia no hubiera contado con San Pablo entre sus miembros”, dice San Agustín.



Discurso de San Esteban (Hechos, 7, 2-53)

Demostró que Abraham, el padre y fundador de su nación, había dado testimonio y recibido los mayores favores de Dios en tierra extranjera; que a Moisés se le mandó hacer un tabernáculo, pero se le vaticinó también una nueva ley y el advenimiento de un Mesías; que Salomón construyó el templo, pero nunca imaginó que Dios quedase encerrado en casas hechas por manos de hombres. Afirmó que tanto el Templo como las leyes de Moisés eran temporales y transitorias y debían ceder el lugar a otras instituciones mejores, establecidas por Dios mismo al enviar al mundo al Mesías.

Demostró no haber blasfemado contra Dios, ni contra Moisés, ni contra la ley o el templo; que Dios se revela también fuera del Templo. Confrontó a sus acusadores con estas palabras:
¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! ¡Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo! ¡Como vuestros padres, así vosotros! ¿A qué profeta no persiguieron vuestros padres? Ellos mataron a los que anunciaban de antemano la venida del Justo, de aquel a quien vosotros ahora habéis traicionado y asesinado; vosotros que recibisteis la Ley por mediación de ángeles y no la habéis guardado.
La reacción de Esteban y sus enemigos pone en relieve que se trata de una batalla espiritual, cada bando con sus características propias: Dios y el demonio.

Al oír esto, sus corazones se consumían de rabia y rechinaban sus dientes contra él. Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba en pie a la diestra de Dios; y dijo: “Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios”. Entonces, gritando fuertemente, se taparon sus oídos y se precipitaron todos a una sobre él; le echaron fuera de la ciudad y empezaron a apedrearlo. Los testigos pusieron sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo. Mientras le apedreaban, Esteban hacía esta invocación: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”. Después dobló las rodillas y dijo con fuerte voz: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”. Y diciendo esto, se durmió.


Milagros

Los restos de Esteban fueron encontrados por el sacerdote Luciano en Gamala de Palestina, en diciembre del año 415. El hallazgo suscitó gran conmoción en el mundo cristiano. Las reliquias se distribuyeron por todo el mundo, lo cual contribuyó a propagar el culto de San Esteban, obrando Dios numerosos milagros por la intercesión del protomártir.

San Evodio, obispo de Uzalum, en África y San Agustín, dejaron descripción de muchos de los milagros. San Agustín dijo en un sermón: “Bien está que deseemos obtener por su intercesión los bienes temporales, de suerte que, imitando al mártir, consigamos finalmente los bienes eternos”.

Ciertamente, la misión principal del Mesías no es remediar los males temporales, pero a pesar de ello, durante su vida mortal, Jesús sanó a los enfermos, libró a los posesos y socorrió a los miserables a fin de darnos pruebas sensibles de su amor y de su poder divino.

Las curaciones físicas son, además, una señal de la obra de salud espiritual que Jesús hace. Sabemos que, aunque no otorgue un restablecimiento físico, siempre sana los corazones que a Él se abren.


La fiesta de San Esteban siempre fue celebrada inmediatamente después de la Navidad para que, siendo el protomártir, fuese lo más cercano a la manifestación del Hijo de Dios.


Una segunda fiesta de San Esteban se celebra el 3 de agosto, para conmemorar el descubrimiento de sus reliquias.

Debemos lamentar que, como otras tantas fiestas, Juan XXIII, por el Motu proprio fechado el 25 de julio de 1960, esta segunda fiesta fue suprimida del Calendario Romano.


SAN ESTEBAN, ¡RUEGA POR NOSOTROS!

viernes, 11 de diciembre de 2009

12 de diciembre


LA GUADALUPANA

El sábado 9 de diciembre de 1531, muy de madrugada, un indio de nombre Juan Diego se dirigía a la iglesia para rendir culto al Dios verdadero.

Al llegar al cerrillo Tepeyac oyó un canto precioso semejante al de varios pájaros. Juan Diego se detuvo a escuchar y, mientras miraba hacia el oriente, arriba del cerrillo de donde procedía el precioso canto celestial, éste cesó repentinamente y se hizo el silencio; luego oyó que le llamaban y le decían: Juanito, Juan Dieguito.

Se atrevió a ir a donde le llamaban. Cuando llegó a la cumbre, vio a una señora que estaba de pie y que le dijo se acercara.

La celestial Señora le habló y le descubrió su santa voluntad; le dijo:

“Sabe y ten entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive; del Creador cabe quien está todo; Señor del cielo y de la tierra. Deseo vivamente que se me erija aquí un templo, para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre, a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores. Y para realizar lo que mi clemencia pretende, ve al palacio del obispo de Méjico y le dirás cómo yo te envío a manifestarle lo que mucho deseo, que aquí en el llano me edifique un templo; le contarás puntualmente cuanto has visto y admirado, y lo que has oído”.

Juan Diego dio el recado de la Señora al obispo de Méjico, don fray Juan de Zumárraga, quien lo recibió benignamente pero, prudentemente, dilató el asunto.

Esa misma tarde, Juan Diego dio cuenta a la Señora de lo sucedido. La Madre de Dios le dijo:

“Oye, hijo mío el más pequeño, ten entendido que es de todo punto preciso que tú mismo solicites y ayudes y que con tu mediación se cumpla mi voluntad. Mucho te ruego, hijo mío el más pequeño, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al obispo. Dale parte en mi nombre y hazle saber por entero mi voluntad: que tiene que poner por obra el templo que le pido. Y otra vez dile que yo en persona, la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, te envía”.

El domingo, después de la Misa, se presentó nuevamente al obispo, quien, para cerciorarse, le preguntó muchas cosas y le dijo que no solamente por su narración y solicitud se había de hacer lo que pedía; que además era muy necesaria alguna señal para que se le pudiera creer que le enviaba la misma Señora del Cielo.

Juan Diego fue a dar a la Santísima Virgen la respuesta del señor obispo; la que oída por la Señora, le dijo:

“Bien está, hijito mío, volverás aquí mañana para que lleves al obispo la señal que te ha pedido; con eso te creerá y acerca de esto ya no dudará ni de ti sospechará; y sábete, hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el trabajo y cansancio que por mí has emprendido; vete ahora, que mañana aquí te aguardo”.

Al día siguiente, lunes, ya no volvió porque cuando llegó a su casa encontró a su tío muy grave.

El martes 12, muy de madrugada, salió Juan Diego para llamar un sacerdote que viniera a confesar y disponer a su tío para bien morir.

Al llegar al camino que sale junto a la ladera del cerrillo del Tepeyac, por donde tenía costumbre pasar, se dijo: Mejor me voy derecho, no sea que me vaya a ver la Señora y me detenga para que lleve la señal al prelado.

La Santísima Virgen salió a su encuentro y le dijo: ¿Qué hay, hijo mío el más pequeño? ¿Adónde vas?

Juan Diego contó todo a la Señora. La Virgen respondió piadosísima:

“Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester? No te apene ni te inquiete otra cosa; no te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella, está seguro de que ya sanó”.

Cuando Juan Diego oyó estas palabras de la Señora se consoló mucho, y le rogó que cuanto antes le despachara a ver al señor obispo a llevarle alguna señal y prueba, a fin de que le creyera.

La Señora del Cielo le ordenó que subiera a la cumbre del cerrillo y que cortara y recogiera las diferentes flores que encontrara. Al punto Juan Diego subió el cerrillo y cuando llegó a la cumbre se asombró mucho de que allí y antes de tiempo hubieran brotado tantas variadas y exquisitas rosas de Castilla. En efecto, la cumbre del cerrillo no era lugar en que se dieran ningunas flores, porque tenía muchos riscos, abrojos, espinas, nopales y mezquites, y a la sazón encrudecía el frío y la helada de diciembre.

Las rosas estaban fragantes y llenas del rocío, que semejaba perlas preciosas. Empezó a cortarlas, las juntó todas y las echó en su regazo, dentro de su tilma. Bajó inmediatamente y trajo a la Señora del Cielo las diferentes rosas que cortó; así como lasvio, la Señora las tomó con su mano y otra vez se las echó en el regazo, diciéndole:

“Hijo mío el más pequeño, esta diversidad de rosas es la prueba y señal que llevarás al obispo. Le dirás en mi nombre que vea en ella mi voluntad y que tiene que cumplirla”.

Juan Diego se presentó al obispo, narró todo lo sucedido y, cuando desenvolvió su tilma y se esparcieron por el suelo todas las diferentes rosas de Castilla, y se dibujó en ella la preciosa imagen de la siempre Virgen Santa María de Guadalupe, Madre de Dios, de la manera que está y se guarda hasta hoy en su templo del Tepeyac.


La tilma en que milagrosamente se apareció la imagen de la Señora del cielo era el abrigode Juan Diego: ayate un poco tieso y bien tejido. El ayate se hace de Ichtli o fibra que sale del magüey, planta de pencas verdes carnosas, con espinas a los lados y en la punta.

Esta tilma en que se apareció la Reina del Cielo mide 1,68 m. por 1,03 m. No está tejida de una sola pieza, sino que está confeccionada por dos piezas cosidas con hilo de maguey, de manera tal que una costura la atraviesa de arriba a abajo.

El ayate, tejido de fibra de maguey, tiene una duración de unos veinte años; pero en el caso de la tilma guadalupana no sólo perdura por más de 478 años, sino que está extraordinariamente suave.


La altura de la imagen de la Virgen es de 1,43 m. Su hermoso rostro es muy grave y noble, un poco moreno y se inclina hacia su derecha. Sus manos están juntas sobre el pecho. Solamente su pie derecho descubre un poco la punta de su calzado, color ceniza.

Su ropaje es de color rosado y está bordado con diferentes flores, todas en botón y de bordes dorados. De adentro asoma otro vestido blanco, que ajusta bien en las muñecas. Su velo, azul verdoso, sienta bien en su cabeza; para nada cubre su rostro; y cae hasta sus pies, ciñéndose un poco por en medio; tiene toda su franja dorada y cuarenta y seis estrellas de oro.

Encima de su cabeza hay una corona de oro, de figuras ahusadas hacia arriba y anchas abajo. A sus pies está la luna, cuyos cuernos apuntan hacia arriba. Se yergue exactamente en medio de ellos y de igual manera aparece en medio del sol, cuyos rayos la siguen y rodean por todas partes. Al par de ellos, una nube blanca rodea los bordes de su vestidura.

Esta preciosa imagen está sostenida por un ángel, que recoge los extremos del ropaje y del velo de la Señora. Su ropa es de color bermejo y sus alas desplegadas son de ricas plumas largas.


Según los análisis de las fibras, hechos en 1936 por el doctor alemán Ricardo Kuhn, premio Nobel en 1938, en dichas fibras no existen pigmentos minerales, vegetales o animales.

Sin embargo, el estudio realizado con rayos infrarrojos demuestra que, lamentablemente, la mano del hombre retocó e incluso agregó ciertas partes en la bendita imagen. A su vez, el estudio realizado en 1981 por los científicos de la NASA Jody Brant Smith y Philip Serna Callagan ha confirmado la ausencia de pigmentos respecto de la imagen original, a diferencia de los añadidos.


Para comprender la maravilla, es necesario saber que no se dio a la tela preparación o aparejo alguno, contra lo que se acostumbra y es necesario para que la pintura adhiera bien. Ningún pintor para pintar un cuadro hubiera escogido tejido semejante, más parecido a tela de saco que a un lienzo.

Pero lo notable es que el artífice ha sido capaz de aprovechar todas las imperfecciones del tejido como elementos pictóricos.

Para dar luminosidad y volumen a un rostro hay que utilizar por lo menos dos colores, uno claro y otro oscuro para las sombras. Pero en el rostro de la Virgen no hay una sola sombra pintada. Las cejas, el borde de la nariz, la boca y los ojos no son otra cosa que la misma tela, carente de todo color superpuesto, con todas sus manchas e irregularidades, pero utilizadas con tal maestría que parecen perfiles extremadamente bien dibujados. Todos los rasgos no son más que aberturas, manchas e hilos gruesos de la tela.

Esos rasgos denotan una técnica superior a la humana, ya que la forma con que han sido utilizadas las imperfecciones de la tela no tiene explicación lógica: de lo burdo se obtuvo efectos delicados, y de las manchas, hoyos e hilos gruesos del ayate se alcanzaron unos rasgos finísimos, sin haber puesto un solo gramo de pintura sobre ellos.

Lo verdaderamente extraordinario del rostro es su calidad de tono, que es un efecto físico de la luz reflejada, tanto por la tilma como por la pintura.

Es un hecho indiscutible que si la imagen se mira de cerca queda uno decepcionado por lo que al relieve y al colorido del rostro se refiere: el rostro aparece desprovisto de perspectiva, plano y tosco en su ejecución. Pero contemplándolo desde unos dos metros parece como si el gris y el aparentemente aglutinado pigmento blanco del rostro se combinasen para recoger la luz y refractar hacia lo lejos el tono oliva del cutis.

Al alejarse, brota como por encanto la abrumadora belleza de la Señora. Es tal la belleza de la cara y tan singular la ejecución, que resulta inexplicable para el estado actual de la ciencia.

Técnica semejante parece ser un logro imposible para las manos humanas, aunque la naturaleza nos la ofrece con frecuencia en la coloración de las plumas de las aves, en las escamas de las mariposas: no reflejan la luz los diversos pigmentos, sino que la descomponen.

Que esta especial belleza no aparezca en las reproducciones se explica en parte por su especial técnica de descomposición de la luz, que difícilmente puede captar la fotografía.

Para terminar con esta somera descripción, indicamos que varios médicos han señalado el hecho que la Santísima Virgen manifiesta estar encinta, con el Niño Jesús no en sus brazos sino en su seno purísimo. La Madre de Dios quiso visitarnos en su gravidez, cuando estas tierras americanas estaban grávidas de Cristo, y dispuso todo para el nacimiento espiritual en ellas de su Hijo.



EL IDILIO DEL TEPEYAC

Proporcionamos a nuestros lectores un resumen de un magnífico texto de monseñor Luís María Martínez, Arzobispo Primado de México, tomado de la obra El Idilio del Tepeyac.


Siempre las cosas divinas llevan en su fondo algo de permanente e inmutable, a pesar de que, cuando se mezclan con nuestra vida humana, están sujetas al tiempo.

Por eso, el misterio de Nuestra Señora de Guadalupe está más allá de las vicisitudes humanas. El hecho histórico de las apariciones de la Virgen Santísima a Juan Diego se realizó hace más de 462 años; pero la sustancia del divino misterio perdura aún hoy, y perdurará hasta el fin de los tiempos.

El misterio del Tepeyac, no pasa: María Santísima está allí; está cerca de nosotros, nos ama, nos cuida, nos tiene en su regazo.

Nosotros estamos en contacto misterioso con Ella. Juan Diego está allí. Juan Diego somos nosotros. El Juan Diego que no muere es el pueblo hispanoamericano, es nuestra raza que se perpetúa en el tiempo.

Y nuestra historia, en su fondo, no es otra cosa que la prolongación del diálogo que se entabló sobre esa santa colina.

Superficialmente mirada, nuestra historia tiene muchas vicisitudes y mil facetas; si la consideramos profundamente, ella tiene una perfecta unidad: es la miseria de Juan Diego, que recibe de las manos maternales de la Virgen las rosas del milagro, las rosas que se transforman en su imagen bendita.

Escuchemos las palabras inmortales de la Guadalupana; ellas nos expresan amor y predilección, nos marcan los senderos de nuestra felicidad y de nuestra gloria, son las lecciones cariñosas de nuestra Madre, palabras prodigiosas que han de causar nuestra paz y dicha.

La primera palabra que pronunció la Virgen Santísima en la cumbre del Tepeyac fue una palabra de amor, una palabra de predilección incomparable: “Hijo mío, Juan Diego, a quien amo tiernamente, como a pequeñito y delicado”.

La Madre de Dios dijo, dice y dirá esta palabra al Juan Diego que durará hasta la consumación de los siglos.

Cuando vino la Virgen María a nuestro suelo americano, cuando tomó posesión de nuestro pueblo, cuando adoptó nuestra raza, la primera palabra que brotó de su Corazón dulcísimo fue una palabra de amor: “Hijo mío, a quien amo...”

Y ese amor de María Santísima no es fugaz. Lo que amó la Virgen, lo sigue amando; y ahora esa palabra tiene una palpitante y divina actualidad.

¡María nos ama! ¡Nos ama como a pequeñitos y delicados! ¿Podemos anhelar una dicha mayor?

¡Qué se gloríen otros pueblos de la gloria de sus anales, de la inmensidad de sus dominios, de la potencia de sus ejércitos, de la opulencia de sus tesoros, del esplendor de su ciencia, de la magnificencia de su técnica...! ¡Qué se gloríen los pueblos imperialistas y antihispanos, herederos de la herejía protestante y de la ilustración revolucionaria, de sus legítimas y no tan legítimas modernas adquisiciones; frutos no tanto de su virtud y honestidad, como de sus pasiones y vicios...!

Para nosotros, vale más que todo eso la predilección de la Virgen Santísima. Y cuando una por una las naciones todas de la tierra vinieran a cantarnos los grados de su grandeza y de su gloria, podríamos contestarles: ¡nosotros tenemos la predilección de la Madre de Dios! En nuestros blasones hay una palabra que vale más que todas las glorias de la tierra: “Hijo mío, a quien amo tiernamente como a pequeñito delicado”.

No vayamos a pensar que el amor de la Virgen se haya marchitado con los siglos; no creamos que poco a poco se haya menguado por nuestra ingratitud y por nuestras miserias y pecados. ¡No!, su amor y el de Dios, como los dones divinos, son sin arrepentimiento; nos ama y nos amará siempre tiernamente, como a pequeñitos y delicados.

Desmenucemos, saboreemos estas dulcísimas palabras. Cada una de ellas encierra abismos de ternura y de amor.

La debilidad, la pequeñez, es un título de amor para los corazones nobles. Los corazones ordinarios buscan la grandeza; los corazones nobles, que llevan en su fondo destellos de Dios, buscan la pequeñez. Aman como Jesucristo, que vino a buscar a los pequeños, a curar a los enfermos, a justificar a los pecadores, y bajó del cielo con toda la grandeza de un Dios para venir a amar a los miserables de este mundo.

Las madres de la tierra, que llevan en su corazón un reflejo del Corazón de Dios, comprenden lo que esto significa: a los pequeños se les ama con singular ternura, se les prodiga cuidados y caricias. No así a los que han llegado a la edad adulta; por mucho que se los ame, nadie tiene la exquisita ternura que tuvo para con ellos su madre cuando eran pequeñitos.

El amor a los pequeños tiene un carácter de ternura singular, y así nos ama la Virgen María, porque Juan Diego será siempre pequeño, porque Juan Diego no crecerá jamás. A través de los siglos, los pueblos hispanoamericanos estarán siempre simbolizados por aquel indio sencillo y pobre que vio fulgurar la gloria del cielo sobre la colina del Tepeyac.

Y como si no fuera suficiente que nos amara como a hijos pequeños, he aquí que añade: “delicados”. Se ve constantemente en los hogares, en las familias numerosas, cuando hay un niño que por su salud, por sus penas, por su sensibilidad, es especialmente delicado, la madre tiene para él una predilección singular. Los fuertes, los sanos, los que gozan de plena salud, tienen derecho al corazón de la madre; pero lo tienen más los enfermos, los sensibles, los que sufren, los delicados. Y María Santísima nos ve a nosotros como a sus hijos pequeños y delicados.

Si comprendiésemos este misterio de amor, si nos diéramos cuenta de que somos verdaderamente amados por la Madre de Dios, y amados con predilección, con ternura, como pequeñitos y delicados, bastaría eso para que fuéramos felices, felices a pesar de nuestras desgracias, a pesar de nuestros temores, a pesar de todas las vicisitudes de nuestra historia. En el fondo de nuestras desgracias hay una realidad celestial y divina: ¡el amor de la Virgen María!

¡Y con qué divino acierto encontró la Virgen Santísima las palabras para manifestarnos su amor: “como a pequeñitos...”

Es verdad, somos pequeños, lo hemos sido, quizá lo seguiremos siendo siempre: pequeños por nuestra debilidad, por nuestra inconstancia, por nuestras miserias. Pero así nos quiere nuestra Madre, así nos ama. Somos pequeñitos y triunfamos de la fuerza; somos pequeñitos y, a pesar que desde hace dos siglos se pretende arrebatarnos nuestra fe, no han podido quitarnos los tesoros que hemos recibido hace quinientos años; somos pequeñitos, y llevamos en nuestra frente la gloria de la fe. ¿Por qué? Porque María Santísima nos ama como a pequeñitos y delicados.

Los que suelen mirar las cosas superficialmente dirán que estamos enfermos, que tenemos muchas miserias, que somos pobres, que somos impotentes. Sí, todo eso somos; pero María de Guadalupe nos ama tiernamente.

Nuestra gloria está en nuestra pequeñez; nuestra grandeza está en nuestra miseria. Somos pequeños y miserables, pero vivimos en el regazo de la Virgen, y en el fondo de nuestro corazón resuenan las celestiales palabras: “Hijo mío, a quien amo tiernamente como a pequeñito y delicado”.

¿No debemos grabar en nuestro corazón esas dulces palabras? ¿No las debemos saborear en nuestra alma? ¿No deben figurar en nuestros blasones? ¿No bastan ellas para hacernos felices en la tierra, a pesar de todas las desgracias, de todos los temores que nos circundan?

Agradezcamos a la Virgen María en lo íntimo de nuestro corazón. Démosle gracias porque nos ama así.

¡Señora!, gracias porque nos amas a pesar de nuestra pequeñez; gracias porque nos amas, precisamente, por nuestra pequeñez y miseria. No queremos dejar de ser pequeños y delicados, para que siempre nos ames tiernamente; para que nos envuelvas con la ternura de tu Corazón maternal. No te alejes de nosotros; pronuncia sin cesar tus palabras dulcísimas y repítelas hasta la consumación de los siglos: “Hijo mío, a quien amo tiernamente como a pequeñito y delicado”.